Javier Gutiérrez, el triunfo del hombre normal

Se equivocó y se fue convirtiendo en un imprescindible de la ficción española. La popularidad le llegó con el papel de Satur, el escudero de Águila Roja, y el prestigio con el turbio policía de La isla mínima, por el que consiguió el primero de sus dos Goya. A partir de ahí, su carrera ha sido un circo de tres pistas. “Necesito tener siempre algo entre manos –explica–. Como dice Antonio de la Torre, hay algo de complejo de pobre. Compartimos ese temor a que mañana dejen de llamarnos. Los dos somos hombres corrientes. Siempre me he considerado, y me va bien así, un actor de perfil bajo. Quiero que mis papeles hablen por mí”.

Si mi madre, viuda y a finales de los años 70, sacó adelante a tres hijos, yo no tengo derecho a quejarme sobre mis problemas para conciliar”.

¿Cómo compagina rodajes de 14 horas diarias con la paternidad? “Si mi madre, viuda y a finales de los años 70, sacó adelante a tres hijos, no tengo derecho a quejarme. Y sería injusto con los compañeros que esperan una oportunidad. Pero es verdad que mi deseo es conciliar mejor. ¿Le gustaría tener más hijos? “Sí, claro, pero no cinco”, responde algo cohibido.

Javier es padre de Mateo, un niño con discapacidad de 11 años. Por él no dudó en embarcarse en Campeones, rechazando ofertas como el personaje del Profesor en La casa de papel. “Esta película tenía que hacerse. Le ha cambiado la vida a sus protagonistas y ha sido muy importante para la sociedad. Para mí también. Pero, sin duda, mi mayor aprendizaje es el día a día con mi hijo. Su honestidad y su valentía son increíbles”. El personaje de Marco también le ha dado otras satisfacciones. “La gente se me acerca con un cariño y una mirada muy especial, de empatía y agradecimiento, que antes no había. Creo que encarno el triunfo del hombre normal. Y en este mundo de plexiglás la normalidad se agradece”, apunta.

Gutiérrez se resiste a que le califiquen de famoso. “Si acaso, popular. “Famoso” suena despectivo. No es lo mismo alguien que hace un reality que los que nos dedicamos a este oficio. Hay que prepararse, aprender de los mejores y hacerse un sitio. Se ha perdido el espíritu romántico que existía cuando empecé. Hay una voracidad por la fama, no digo el reconocimiento ni la popularidad, que me parece detestable. Yo quiero ser como Concha Velasco o José Sacristán, que tienen 80 años y siguen trabajando”.

Quizá por eso, es el primer sorprendido de que su vida privada traspase Instagram. “En redes hablo de mi trabajo y también muestro momentos personales importantes. Pero soy un ingenuo: subo una imagen porque es el cumpleaños de mi chica [la fisioterapeuta Carmen Demaría], y de repente me veo en programas y revistas. No entiendo muy bien por qué mi vida despierta alguna curiosidad”.

Estreno: El coste de la vida

A la versión más terrorífica de Javier Gutiérrez pertenece el personaje que interpreta en su nueva película, Hogar (estreno en Netflix el 25 de marzo), un publicista de éxito que, tras un tiempo en el paro, hará lo que sea para recuperar su antigua vida, incluido torturar a Mario Casas (en la foto). “Pocas veces me he adentrado en una psique tan perversa como la de mi personaje”, explica. También ofrece una crítica muy pertinente: “A partir de cierta edad, somos invisibles para el mercado laboral. Puede provocar que algunos hagan lo inimaginable por conservar su estatus de cara a la galería, algo que me parece preocupante y peligroso”.

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