Eurovisión: una oportunidad perdida

No sé si les pasa a ustedes, pero un servidor ha vivido un extraño proceso a lo largo de estos dos meses y pico de confinamiento: por un lado, hay días que se me han hecho eternos; por otro, las semanas han pasado volando. La vida a dos velocidades. Del mismo modo, decisiones que uno no entendía que se tomaran al inicio de la pandemia ahora nos resultan cuestionables. Por ejemplo, ‘Eurovisión’. Cuando estaba claro que no podría celebrar el certamen en Rotterdam, la UER tardó en comunicar la suspensión del concurso musical más visto de la televisión europea, con más de 200 millones de espectadores.

Pero cuando el sábado pasado vimos el homenaje a Eurovisión, la actuación de Italia nos hizo ver que tal vez habría sido posible un festival de la canción adaptado a la realidad que vivimos: Diodato interpretó ‘Fai rumore’ desde el Arena di Verona, iluminado de manera espectacular, sin bailarines, con una realización que respetaba la distancia social. Si cada país hubiera presentado su canción así, habríamos tenido un Festival único, sin público pero con un escenario desde cada país: con los presentadores en Rotterdam, con televoto, con récords de audiencia.

La UER no supo reaccionar, no supo adaptarse a una situación cambiante como la que vivimos. Por cierto, una vez más, España puso su granito de ridículo al mostrar el exterior mal iluminado del palacio Real de Madrid.

Avilés: Cuanto peor, mejor

¿Recuerdan aquel memorable trabalenguas de Mariano Rajoy? “Cuanto peor, mejor para todos. Y cuanto peor para todos, mejor; mejor para mí, el suyo, beneficio político”. Bueno, pues cambien político y pongan mediático. Ahora la indescifrable cita vale para José Antonio Avilés. Cada día afloran más mentiras, más engaños, más fraudes, más trampas, más excusas injustificables (ahora resulta que ser víctima de ‘bullying’ alentó su necesidad de estafar)…

Y cuanto peor sean las acusaciones, más posibilidades tiene de fichar para el nuevo ‘reality’ de Telecinco. En la vida real, una persona así pagaría con el despido, incluso con la cárcel. En esa realidad paralela que es la televisión, esa biografía se convierte en contratos para más programas, más colaboraciones, más presencia. Que sí, lo sabemos, un personaje así da mucho juego para ser despellejado en vivo y en directo y todo lo que ustedes quieran… Pero, de verdad, ¿hace falta convertir en estrella a este tipo de sujetos? Porque parece que premiamos a quienes deberíamos castigar, y no es por hacer un juicio moral: es que hay mucha gente valiosa en el paro.

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